Para los jujeños y las comunidades andinas, el Pujllay (término quechua que significa “jugar”) representa la esencia del Carnaval de la Quebrada de Humahuaca. Lejos de la concepción judeocristiana de un demonio negativo, esta figura encarna un espíritu festivo, pícaro y liberador que emerge de la tierra para que los deseos contenidos se expresen sin restricciones.
Su relevancia es central: el ciclo del carnaval comienza y concluye con él. Según la tradición, el Pujllay fecunda a la Pachamama y simboliza al sol. Cuando se lo libera del mojón durante el sábado de desentierro, se inaugura un período de desborde permitido en el que las jerarquías sociales se diluyen y predomina la celebración colectiva.
El muñeco del carnaval y la ceremonia del mojón
En términos materiales, el espíritu carnavalesco se manifiesta en un pequeño muñeco de tela que fue enterrado al finalizar la edición anterior de la fiesta. Este personaje, por lo general vestido de rojo y decorado con brillos, permanece resguardado en el mojón —un altar de piedras— hasta que la comparsa solicita autorización a la Madre Tierra para desenterrarlo.
La ceremonia incluye la chaya del mojón con bebidas alcohólicas, hojas de coca y cigarrillos encendidos destinados a que la Pachamama “fume”. Cuando los Diablos Mayores levantan el muñeco, la celebración estalla oficialmente con bombas de estruendo y el sonido ancestral de las anatas.
El poder simbólico del disfraz
El Pujllay también se expresa a través de quienes adoptan el disfraz. El traje del diablo jujeño combina cuernos, lentejuelas y pequeños espejos, elementos cargados de simbolismo. Estos espejos cumplen una función protectora: reflejan y ahuyentan energías negativas y malos espíritus.
El anonimato resulta fundamental. El diablo cubre su rostro con una máscara de alambre tejido y modifica su voz hacia un tono agudo para evitar ser reconocido por vecinos o familiares. Al grito de “¡Soltame Carnaval!”, los disfrazados convocan a bailar, compartir Saratoga y sumarse al disfrute colectivo.
El cierre del ciclo y la vuelta a la vida cotidiana
La celebración del Pujllay se extiende durante nueve días intensos. Sin embargo, todo rito necesita un final que permita retomar la vida diaria. En el Domingo de Tentación, las comparsas regresan a los cerros para llevar adelante el entierro.
Entre lágrimas y lamentos, el muñeco vuelve a la tierra o es quemado junto a ofrendas como comida y albahaca seca. Con este gesto simbólico se consume la energía del diablo, los participantes se quitan las máscaras y regresan a la rutina, con la expectativa de que el espíritu festivo renazca con fuerza al año siguiente.











