Jujuy vive este lunes la última jornada del Carnaval Grande, con un despliegue de festejos que se extiende a lo largo de toda la provincia. Miles de visitantes acompañan a los residentes en un día atravesado por el Pujllay, lo que consolida a Jujuy como uno de los destinos más elegidos del Norte Argentino durante la temporada turística.

Desde la Quebrada hasta la región de las Yungas, el clima festivo se expresa en celebraciones multitudinarias y ceremonias colectivas. El sonido de anatas, bombos y erkenchos marca el pulso de una provincia que mantiene la intensidad desde el tradicional desentierro del sábado.

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Celebraciones a lo largo del territorio

En la Quebrada de Humahuaca, considerada el epicentro simbólico del carnaval andino, las comparsas avanzan por las calles al ritmo de carnavalitos, entre nubes de talco y espuma. En los fortines de Tilcara, el Bastonero cumple un rol central al sostener la energía del grupo y conducir el baile con autoridad ritual.

En las Yungas, en cambio, la festividad se manifiesta a través del Arete Guazu, la Fiesta Grande de las comunidades Ava Guaraní. Allí, los compases del Pim Pim y las máscaras talladas en madera de yuchán evocan el vínculo con los antepasados y el ciclo productivo del maíz.

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En la zona de los Valles, localidades como San Antonio y el predio de Ciudad Cultural reúnen corsos pensados para toda la familia y espectáculos musicales de gran convocatoria, que concentran al público urbano. Mientras tanto, en la Puna se sostienen las chayas tradicionales y encuentros de copleros con un tono más reservado y ceremonial.

Rituales y tradiciones del lunes carnavalero

El paisaje humano de la jornada se impregna con el perfume de la albahaca, planta considerada sagrada y símbolo de aceptación del festejo. Los asistentes respetan un código no verbal: el ramito en la oreja izquierda identifica a quienes están solteros, mientras que en la derecha señala a personas casadas o comprometidas.

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Más allá de la celebración, este lunes también se realiza la Señalada de animales en áreas rurales. Las familias campesinas distinguen su ganado con pompones de lana de colores y llevan adelante el “casamiento” simbólico de animales como ofrenda de fertilidad a la Pachamama.

Cubiertos por una capa de talco que borra diferencias sociales, los participantes comparten un espacio donde desaparecen jerarquías. El Pujllay, entendido como el espíritu de la alegría, se manifiesta en cada disfraz y permite un desborde festivo autorizado antes del regreso al orden cotidiano.

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